martes, 15 de mayo de 2012

Isabela y el autor

©
Isabela y el autor
Se miró en el espejo punteado de oxido, comido por los años. La luz que brotaba de la lámpara cenital  amarilleaba todo el baño, que en un tiempo tendría los azulejos blancos, ahora la patina  de los años pasados, los había teñido de un  indefinido tono opaco, que no se sabía bien, si era suciedad o el deterioro producido por el tiempo. El espejo era pequeño, apenas lo suficiente para mostrar su cara enmarcándola como un retrato instantáneo. Como fondo se veía una vieja cortina de baño, verdosa, con flores amarillas desdibujadas, más abajo sus ojos toparon con la escobilla detrás del retrete, torcida y deshilachada.  Mirando fijamente todo el paisaje que mostraba el espejo a sus ojos, como si tomara consciencia de la decrepitud del baño de su estudio.



De momento, quizá hastiado del bodegón deprimente volvió los ojos hacia su rostro, apenas  reconoció esa cara que le mostraba el viejo espejo, sin embargo era la suya, tenía sus ojos, sus facciones, pero desdibujadas y con una especie de perplejidad un tanto asustada, que asomaba por su mirada. La piel se había encenizado desde que se la vio por la mañana, afeitándose. Los ojos  sorprendidos, se veían inmersos en un lago violáceo, oscuro, profundo. Las mejillas se habían hundido, haciendo de le pómulo una especie de nuez saliente, la boca afilada y entreabierta, mostraba los dientes que como una alimaña sobresalían por los labios finos. El pelo desordenado, enmarañado más bien, le caía por la frente, formando una madeja de aspecto lanoso sobre sus ojos. En lo alto de la cabeza, como una corona, lucía una  mata de pelo ralo, encrespado, que ella había asido hacía un rato.  Aún le dolían las sienes del tirón  que en el leve estertor le había  producido, mientras le  miraba con la incomprensión dibujada en el rostro.
Frotaba y frotaba sus manos, bajo el agua fría que derramaba el grifo de bronce con la pequeña incrustación de porcelana, que  durante un tiempo, mostraba una flores,  y ahora era solo una especie de dibujo indefinido , una mancha amarronada que más parecía suciedad. Nunca pensó que la sangre tardara tanto en irse, llevaba varios minutos bajo el agua. Eternos minutos,  que le habían parecido toda una vida, dejando  que callera  el agua, sobre ellas. Corría al desagüe, al principio  muy roja; ahora ya  se deslizaba por sus miembros rosada,  pero si cambiaba de postura las manos, aún volvía a enrojecerse el  liquido que caía por ellas. El agua se diluía, casi trasparente, mientras la sorpresa de su rostro en el espejo le fue devolviendo a la realidad. Tenía que pensar. Tenía que pensar en una salida para todo aquello. Encontrar la forma de explicar a los demás y a sí mismo lo que había pasado no hacía más de diez minutos. Aunque  para él había trascurrido un mundo, una vida.

Se  fue desperezando  esa mañana, como tantas, tarde, miró el reloj de la mesita de noche, por verificar la hora, aunque ya la conocía. Se había despertado hacía un buen rato, pero le gustaba  languidecer dentro de las sábanas, dejarse mecer por los rayos de sol, que entraban por la entreabierta ventana del jardín, mientras su cuerpo se regodeaba  bajo la ropa de la cama. Sin prisa, como a él le gustaba. Sin las premuras que a veces le imponía su hermana Sonia, que siempre iba rauda a todos los lados. Iba ella, e imponía su premura a los demás.
El odiaba la prisa, odiaba correr. En realidad la inactividad era su mejor acción. El “dolce far niente”, de los italianos. Tan mal visto en este tiempo de estrés y personas superocupadas, que eran premiadas con el respeto ajeno, y la razón. Le sublevaba la sola idea de hacer cosas rápidamente, en realidad le molestaba  tener que  hacer cosas, en general . Y eso Sonia no lo entendía, siempre le estaba abroncando, dándole lecciones que ni pedía ni necesitaba. Urgiéndole a vivir, a trabajar, a pensar, a comer, a hablar. Cuando a él, lo que verdaderamente le apetecía era no hacer absolutamente nada. Bueno, sí, claro que hacía, algo tremendamente importante: él pensaba. Como ahora, bajo las mantas en la soleada mañana de un mes de Abril, donde el calor no había llegado aún, la helada de la mañana apenas se disipaba, y los rayos de sol tamizados por el cristal de la ventana cubrían la cama de un manto protector y cálido.
Pensaba, en escribir. Pensaba en mil y un ideas que cada mañana, cada tarde, cada noche fluían en su mente con una cadencia  sencilla y lúcida. Se traía el viejo cuaderno, plagado de notas, para tenerlo cerca y apuntar cada cosa brillante que se le ocurría en esos momentos. A veces la pereza de sacar la mano para coger el bolígrafo y apuntar era tanta que dejaba para después la idea,  que como un pez se le escurría de la mente.  Otras veces, como ahora, sí que sacaba su mano, con esfuerzo casi heroico, pero la sacaba. La temperatura de la habitación no era la del lecho, calcinado su cuerpo en su propio calor. Escribía raudo, la idea surgida, incluso hacía una especie de croquis de la trama del relato que con nitidez tenía en la mente, mientras lo embargaba un suave entusiasmo, ante lo que entendía que era su gran relato, su gran idea, esa que por fin lo consagraría como el genio que él sabía que era, pero los demás ignoraban. Escribía esos retazos de genialidad de forma esquemática y volvía a mecerse en su calor, desarrollando la idea primaria, dándola forma, cuadriculando en su mente toda una gran historia.
Y allí estaba  toda la trama,  lúcidamente brillante, clara, diáfana, surgía de su  interior como un rio, la historia pergeñada u anhelada,  en los momentos de vigilia entre el sueño y el despertar.
Ese día su mente había estado perfecta. Como un cincel fue dando forma a la  trama novelesca que se le resistía día tras día. Un hombre viejo, decrepito, enamorado de una mujer joven, en la que la lozanía rebosaba montaraz. El viejo a distancia intentaba seducirla con cartas de amor desesperado y poético, cual Cyrano entrado en años. Espiaba a la mujer, contaba todos sus movimientos, la seguía, la intuía en cada paso. Había conseguido saber hasta la última de sus costumbres y hábitos, incluso se adelantaba a ellos de puro sabido. Hasta que se manifestó, ante la insistencia de  ella en conocerlo, seducida por sus escritos y regalos costosos. Se citan en un viejo café de la antigua ciudad amurallada. Al llegar y verle, ella rompe a reír sin piedad, sin freno, con una risa cantarina y fresca que a la vez que humilla al viejo, le hace sentirse más y más atraído por la joven dama. Imaginaba a la mujer de una belleza salvaje, con la lozanía descarada de la juventud,  su pelo ensortijado y negro  aureolaba su cabeza, como una tiara. Los ojos enmarcados en una nube de pestañas rizadas y arremolinadas,  tenían el  color de un verde intenso, casi esmeralda. El escote descarado; vestida con una tenue camisa de seda blanca, y un jeans ceñido y obsceno. Frente a él se ríe, sin parar. Con un sonido de hiena, repica en sus oídos la risa, a la vez, que lo señala con el dedo en una mueca de ironía cruel. Entre sus risas dice de vez en cuando: “tú… tú, ni en mil años…, eres viejo, tío”.
 En la mente del autor, impregnado del calor de su lecho, siguen desarrollándose con claridad los hechos del relato. El viejo  marcha del café, mascando la humillación, el rencor, casi el odio que anida en su pecho como un aire invasivo y absorbente.  Y en su casa sigue oyendo cada momento  esa  risa, viendo los rizos agitados por los movimientos convulsos de su cabecita. A la vez, que los ojos esmeraldas se achinaban por efecto del encogimiento que producía las carcajadas. El pecho saltando bajo la camisa, se adivina terso, duro, mientras que dos botones en medio de él, se abultan proyectando el goloso desmán fuera de su cuerpo.  El viejo la oye y la ve, día y noche. En sus sueños, en su vigilia, en todo momento.  Con cada acción de su vida se renueva la visión y el sonido de la risa. Deja de comer, de dormir, se inmersiona en una misantropía total.
 De pronto una idea se apodera de él, como una lanza, entra en su cabeza. Debe eliminar a esa joven. Hasta que muera no podrá él recuperar la paz perdida. Va desgranando con minucioso detalle el momento del crimen, conociendo, como conoce hasta el último rincón de la vida de la mujer, no le es difícil hacer un plan perfecto de asesinato.
El autor lo tiene muy claro, dentro de su mente, está todo  el relato trazado. En la cómoda placidez de su cama,  está diáfano, punto por punto, incluso los adjetivos, el entramado, la voz, el ambiente donde desarrollar la trama está delimitado y organizado.
Entonces no entiende porque cuando se pone a escribir, se queda perplejo ante la pantalla, del viejo ordenador; vacío, yermo, sin nada. Todas las ideas vagan por su mente en un baile siniestro y sin orden. No puede plasmarlas. No puede expresar en palabras escritas  lo que su mente ve, con la diafanidad de un libro escrito ya.
Y ahí es donde llega la desesperación, que asola sin descanso al autor. Sus páginas son un erial desértico y sombrío donde nada crece. Todo se vuelve gris en cuanto programa plasmar sus ideas en un folio  blanco.
Decide levantarse. Su hermana ha llamado varias veces, para preguntar a Lola si ya lo ha hecho. Desde la lejanía de su sueño ha sentido el teléfono,  y como la vieja criada hablaba muy quedo, para que él no oyese, intentando ocultar las palabras que él sabe responde a  las preguntas cotidianas de la hermana. Le indicaba a  Sonia, que no, que el señorito estaba aún acostado, que le había llamado, que el señorito, la dijo que había trabajado hasta tarde, que había escrito mucho. La buena de Lola, había repetido una a una todas las viejas mentiras, tan manidas, tan gastadas a la hermana fiscalizadora y justiciera.
Pone los pies en el suelo, alcanza las zapatillas inmediatamente, no soporta el contacto con la frialdad de la madera. Se encoje de hombros, se palmea los brazos para producirse calor. La dureza del contraste es cruel, su tibia cama queda desecha detrás de él, le espera el mundo, le espera el folio.
Abrigado con jerséis dobles, el pelo enmarañado, sin pasar el peine ni el agua, solo un ligero pase de afeitado que apenas libera el rostro del aspecto asalvajado,  se sienta ante su mesa, repleta de papeles, con el fondo tapizado de libros, viejos compañeros fieles de sus horas vacías. No deja que Lola entre más que cuando la porquería, el polvo los desechos que va almacenando día tras día le sobrecogen y le invaden. Mientras tanto prefiere la soledad de su guarida, sin nadie, encerrado en su propio mundo, con las paredes abigarradas por los viejos compañeros, los libros, la papelera llena de atisbos de ideas, la mesa desordenada, con migas , con tazas de antiguos cafés, el sofá desgastado, en tiempos ocre y oro, y ahora de un sucio amarillo.

Toma el café recién hecho por Lola, unas galletas que le saben a rancio, y como todos los días, como todos los años, como toda su vida, realiza los mismos movimientos. Estira sus manos, coloca sus gafas , despliega el ordenador mientras comienza a rebuscar en su mente las ideas que un momento antes, en el lecho cálido, estaban en perfecto orden. No es que se hayan ido, se han desordenado, como si en la vieja mesa de su despacho, hubiera soplado un viento fuerte  desbaratando los papeles. Así nota su mente, como una maraña de ideas confusas y apretadas que no pueden salir. Toma notas, consulta los apuntes de su cuaderno, vuelve a tomar notas. Se levanta, prepara otro café, fuma un cigarro. Vuelve a la pantalla. Toma la vieja pluma de su padre y decide que a mano, como siempre se ha hecho, volverá el orden a su cabeza. Comienza a garabatear las frases, parece que va mejor. Sigue durante unos minutos con fluida cadencia escribiendo, enhebrando una tras otra todas las palabras que fluidamente van saliendo de su mente a su pluma
Poco a poco se va confiando. Mientras escribe piensa en que hoy sí, hoy su mente está lúcida y conseguirá lo que durante meses se le ha escapado de las manos. Comenzará la novela que tanto ha postergado, que los viejos amigos que ya han publicado varias, esperan con ansiedad.
Era el más brillante del grupo, y el único que no ha publicado más que prólogos, algún artículo en revistillas literarias sin ninguna resonancia y poco más. Hoy le parece distinto, el tomar la pluma le ha motivado lo suficiente para llenar cuartillas.
Poco tiempo después da un trago al café, que reposando sobre la mesa, se ha ido quedando frío. Le destempla el cuerpo. Como si se tratara  de un cabo de vela terminándose,  su mente va agotando las ideas que brotaron en un principio. Se para a repasar lo escrito,  piensa que a la vez que  relee lo escrito, se le impulsarán nuevas ideas.
Desde el primer momento que comienza a repasar el texto escrito, se da cuenta, que es como todos los anteriores. Enmarañadas ideas que pretenden ser preciosistas y se quedan en una pretenciosa sucesión de frases que no contienen ni emoción, ni estructura. Nada, palabras huecas y vánales que no dicen nada. Si algo es él, es buen lector, eso no se lo discute nadie, y como lector sabe, que ha escrito una mierda.
 Sentado en su estudio ve caminar lo que queda de la mañana primaveral y fría, allí se siente seguro, pero lentamente le invade un sentimiento de desesperación . Poco a poco, mete su cabeza entre las manos, mesando el cabello mal peinado, una vieja zozobra conocida va invadiéndolo lentamente. La infecundidad de su mente lo ahoga, lo impacienta, casi lo desespera. Repican en su recuerdo una y mil veces las palabras de su hermana Sonia.
-Estoy cansada Pelayo, de mantenerte. De mantener este caserón. Yo viviría muy bien en el apartamento de la playa. No necesito este mamotreto de casa. Lola está vieja para limpiar todo, tengo que ayudarla yo los fines de semana. Y no es justo. Trabajo todo el día, tú no haces nada, y no puedes limpiar ni siquiera lo que manchas- con voz cansina día tras día le repetía la misma cantinela.
Y él hacía como que no oía, desentendía los oídos de las palabras escuchadas mil veces, no por ello menos ofensivas ni humillantes. No contestaba nada. Con palabras, no contestaba nada, con los pensamientos mucho. Pensaba a gritos casi, que él era hombre de ideas, hombre de inteligencia, no podía ponerse a limpiar los cristales con la vieja Lola. Un hombre de pensamiento no limpia cristales ni platos, ni tan siquiera vacía papeleras. Como era capaz Sonia de pretender eso de él. Sus manos estaban hechas para empuñar la pluma o el teclado, nunca el mocho o el paño de cocina.
Sonia y él se llevaban muy poco, casi lo justo para no ser gemelos, nacieron con  once meses de diferencia. Ella era la mayor,  en la infancia estuvieron unidos, no concebían el mundo uno sin el otro. Juntos estudiaron, ella derecho, él historia del arte y periodismo.  Sonia fue siempre la responsable, que tomó la iniciativa de pensar, cuidar y proteger al hermano.  A Pelayo la vida se le mostró en su mejor cara mientras duraron los estudios. Años y años yendo de una Facultad a otra, dedicándose de lleno a cultivar la mente, el estudio. Entre medias la lucha. No había asamblea que se preciase que no contara con su presencia. Ni huelga, ni manifiesto. Los más extremistas, los más furibundos, contaban con su firma, incluso redactaba los textos más incendiarios para las proclamas que luego serían coreados por el grueso de sus compañeros.
Años gloriosos, donde era respetado, admirado, como el más brillante, el más valiente luchador por la libertad, por la justicia y contra la opresión. En las arengas brillaba, como una luz prominente, sus argumentaciones eran indiscutibles, el marxismo leninismo no tenía secretos para él. La virtud de la semántica tampoco. Se formaban corros admirativos cada vez que él tomaba la palabra. Sonia secundaba sus proezas desde atrás, no participaba del jolgorio de la lucha pero apoyaba cualquier causa que Pelayo patrocinara. Además de las suyas, el feminismo entró en su mente como una tea incendiada, iluminando y consumiendo su energía. Despedazaba sus ojos estudiando derecho con la meta de tener un bufete donde las mujeres encontraran la justicia y la mano de la ley las protegiera como nunca antes. Ella sería un adalid de la lucha feminista moderna.
Fue pasando el tiempo, y con él, el pelo de Pelayo comenzó a blanquear, se formaron arrugas alrededor de los ojos, y debajo de su nariz salieron sendos caminos hacia su boca  que agriaron el gesto, antes ligeramente alegre.
Seguía estudiando cuando murió la madre. La dulce madre que adoraba todo de él. Sonia lo tomó a su cargo, a la vez que abría su primer bufete, con dos socias, en un piso pequeño heredado de los padres. Al principio la carga de Pelayo no la pesaba, al contrario, mostraba satisfacción de contribuir al desarrollo de la gran obra que se esperaba de él. Conforme pasaba el tiempo, las hebras blancas salieron en su cabello también, los gastos de la vieja casa se hacían más acuciantes. Se vio obligada a tomar casos que no la gustaban y se apartaban de la ruta trazada durante sus estudios, debía elegir, tenía demasiada carga económica para hacer solo lo que verdaderamente quería.  Sonia fue cargándose de unas razones agrias que le dejaron desamparado y solo.
De  un tiempo  a esta  parte, la exigencia era incesante, por parte de la hermana. Tenía que trabajar, tenía que afrontar su vida con independencia. Había pasado largo de los cincuenta y debía pensar en vivir su vida y no depender de ella. Como trallazos  oía Pelayo esas palabras. Nunca pensó que tendría que vivir de su trabajo, ni tomar las riendas de su vida, él había nacido para otros menesteres menos comunes, menos materiales. El había nacido para pensar, para escribir, para hacer teatro, para redactar magnificas y geniales novelas que guardaba en su cabeza punto por punto. No para algo tan prosaico como ganarse la vida.
Para acallar el rumor de las palabras insistentes de Sonia,  creo en el bajo del viejo caserón familiar una escuela taller de literatura. Convocó amigos, colegas, insistió en las librerías, en bibliotecas y pronto consiguió un pequeño grupo de elegidos alumnos que gozarían del privilegio de sus enseñanzas.
 En un primer momento la satisfacción y el entusiasmo le invadieron. Desgranaba su elocuencia ante los alumnos, como antes lo hiciera ante sus compañeros de Universidad.  Ellos plegados con respeto, callaban, escuchaban atónitos sus enseñanzas y sus erudiciones. Fue feliz una temporada que ahora ante ese espejo se le antojaba muy breve, muy escasa.
Isabela Martín Durán, vino tarde a sus clases. Cuando había comenzado el curso tercero desde  que nació la idea. Habían empezado en Octubre y ella se integró después de Navidad, la trajo un amigo, recomendada .Llegó una vez comenzada la clase, tronó el timbre, él se levantó a abrir, entrando ellacomo un torbellino, trasladando el aire frío de la calle a la calidez del caserón y de los alumnos soñolientos que tenía subyugados por su voz.
 Los ojos era la parte de la cara que más sobresalía en Isabela, de un verde aguamarina, cuando le daba el sol parecían cristales de botella. Los enmarcaban unas tupidas pestañas negras como la noche, la piel blanca, la boca pequeña, y siempre con un rictus de media sonrisa risueña dibujado en ella. La nariz larga, prominente, ponía una pequeña discordancia en ese rostro, que si no fuera por ello sería de una perfección rayana en lo irreal. El pelo negro, enmarañado de rizos salvajes, que campaban como cascabeles sobre su frente. Pequeña, de cuerpo rotundo, anchas caderas, piernas firmes que mostraban su musculatura por debajo de los jeans. El pecho firme, enhiesto, mostró al quitarse el abrigo con descaro la protuberancia de sus pezones, estimulados por el frío de la calle. Recordaba perfectamente su pensamiento la primera vez, que con paso ágil y desenvuelto cruzó la amplia sala del estudio: “una sabioncilla guapa que pretendía a la vez ser una erudita”, se dijo mientras contemplaba sus contoneos hasta la silla adjudicada . Donde se había visto, guapa era, hasta iluminar los rincones más oscuros del estudio y de su vida, pero además de eso,  pretendía escribir o al menos eso le había dicho su amigo, que tenía un talento especial para contar historias.
Lo pretendía y lo lograba. Recordaba perfectamente ese primer día, cuando preguntó al azar a los demás, su respuesta rápida, casi sin pensar, mientras  el resto de los alumnos que llevaban meses se quedaban quietos, inmersos en la duda. Isabela Durán dio la respuesta perfecta, la esperada por él.
Los ejercicios, cada día más enrevesados que les ponía, eran resueltos por esa mujer en pocos minutos, mientras los demás llegaban a clase sin hacerlos o enmarañados de ideas confusas. Los demás se aborregaba lentamente conforme pasaba el tiempo, al contrario que ella , seguía con el mismo entusiasmo y alegría que al principio, cuando llegó iluminando el viejo caserón.
A medida que avanzaba el curso, comenzaron a realizar los relatos. Ahí  Isabela fue como un alud que se derramaba en cada uno de ellos. Traía dos o tres, indefectiblemente, cada uno de ellos mejor que el anterior. Al principio pudo rebatirlos, criticarlos, machacarlos, más tarde fue imposible. Sus compañeros asistían fascinados a la lectura de los escritos, se formaba un silencio expectante cada vez que ella leía con su vocecita suave como terciopelo. Algunas veces hasta la aplaudían sin poderse refrenar.
Pelayo se sobrecogía ante el talento innato de la mujer. Apenas tenía estudios, incluso  cometía faltas de ortografía o de sintaxis.  Daba lo mismo, sus escritos mostraban el talento innegable que él, como erudito y gran lector, tenía que admitir.
Comenzó una etapa torturada de días obsesivos intentando encontrar la fórmula de conseguir el genio. De epatar a Isabela con sus criticas, de analizar hasta la extenuación todos y cada uno de sus escritos, para encontrar entre la maraña de fantasía desplegada por las palabras de la mujer, algún fallo. Y lo encontraba, claro. Muchos, en la sintaxis, en la burda ortografía, en la construcción de las  frases. Pero que despliegue de genio en las tramas, que confitura de personajes variopintos e imaginativos hasta límites insólitos. Con cada lectura, Pelayo se estremecía de emoción. Nunca  había encontrado   tanto talento en estado puro, como entonces, y como un iniciado se postraba mentalmente ante esa pequeño y privilegiado ser.
Era muy difícil  las genialidades innatas en novela, se lo decía a si mismo cada día que tras  el frustrante intento de escribir, se levantaba derrotado. La novela era cuestión de tiempo, de trabajo, de inspiración trabajada. Pero esa mujer de risa larga y cantarina, estaba derrotando sus antiguos convencimientos. Temía el momento de que leyera sus escritos, como a una peste. Incluso soñaba en arrebatar con sus propias manos el genio creador que anidaba bajo los rizos salvajes de Isabela.
Esa mañana, delante del ordenador, después de creer que por fin el genio le había invadido, plasmando con su pluma más querida las frases en el papel, descubrió la vaguedad de su mente. La voz de Lola le interrumpió de sus ensoñaciones. Con crispación levantó la cabeza de entre sus manos. Lola sabía que no podía molestarle nunca mientras creaba. ¿Qué habría pasado si tuviera en ese momento la furia creadora?, esa burda mujer habría interrumpido su talento. Imperdonable.
-Señorito, que hay una muchacha que quiere verlo- dijo desde la puerta con la sonoridad de todo el que tiene el oído endurecido.
-Lola te he dicho mil veces que no me interrumpas- las palabras se corroboraban con la rabia que contenía sus ojos.
-Lo sé, señorito, de verdad que le he dicho a la señorita que Ud. No sale nunca cuando escribe, pero como ya son las tres, hora de comer he pensado que no le interrumpía- contestó conciliando la buena mujer.
-Lola, tú no pienses, solo haz lo que te manden, mujer. ¿Quién ha venido y que quiere?- contestó él con cierta condescendencia.
De pronto un torbellino de rizos, con olor a lavanda y limón entró en el estudio, llenando hasta el último rincón de su presencia

-Hola Pelayo, no te enfades, hombre, que ha sido mi culpa.  La he insistido mucho, ella no quería dejarme pasar. Es que quiero darte una noticia- los ojos chispeaban motitas doradas dentro del mar de verdor.
-¿Qué noticia tienes que darme tan importante para interrumpir  el trabajo?- Se había levantado impulsado por la energía que desprendía Isabela .
-¿Te acuerdas de aquel relato que tanto machacamos en clase?, el del ahogado- le dijo al ver la cara de desconcierto de él.
-¿Del ahogado?- Isabela hacía cada día dos o tres relatos, como podía acordarse de uno concreto, pensó Pelayo.
-Sí, hombre, el ahogado, que se tira al mar acompañado de su mujer, nada sin descanso durante un tiempo hasta que se percata de la lejanía de la costa. Cuando quiere volver sus fuerzas fallan, y en ese lapso rememora su vida ante la presencia de la muerte-
Una vaga luz se abría paso en la mente de Pelayo.
-Sí creo que lo recuerdo- matizó, más por darla la razón, que acabara y se fuera que por recordarlo de verdad.
-Pues  a pesar de lo que me machacaste con él, y que dijiste que no valía mucho. Lo mandé al premio de relato breve Manuel Llano, sin muchas esperanzas , claro está. Pero me dije, que puedo perder. Lo mandé Pelayo ¿y a qué no sabes que ha pasado?-los ojos de la muchacha chispeaban, hasta hacer guiñar los suyos por el destello de su entusiasmo.
El silencio y la incredulidad se adueñaron del hombre. En sus ojos no había desprecio aunque lo pareciera, Isabela no sentía los cuchillos que en forma de mirada desprendía el hombre. El Manuel Llano, posiblemente fuera el premio más prestigioso de la región en relato breve. Solo escritores consagrados y de calidad podían aspirar a él. Pelayo pensó que, si había conseguido un accésit era mucho.
-Sí, Pelayito, sí, mi cuento ese que era una mierda…..He ganado, me han dado el primer premio- la risa inundó su cara de luz.
-¿Como se te queda el cuerpo Pelayito?- estaba a su lado, casi abrazándole- Y todo gracias a ti, hombre, que me críticas tanto, me machacas tanto, que me cabreo y me sale mejor.
Entonces Pelayo la vio cerca de su mano. Volvió la cabeza y la vio. La pluma con la que  había escrito falsas palabras. La tomó en su mano, y la clavó en el enhiesto pecho de Isabela a la vez que con su mano ahogaba el grito que salía de su garganta.
Pelayo la tomó en sus brazos, hurgando hacia dentro con la pluma, notando como la punta  de inocente instrumento que ponía voz a sus ideas, rompía el tejido, rompía la vida de la mujer de los rizos. Los ojos que por momentos se ennegrecían, se le habían clavado en la cara con sorpresa más que con dolor o miedo.
Siguió hurgando en el cuerpo de Isabela, mientras tapaba su boca, ahogaba sus gritos la impedía tomar aire. Pensó que solo con la pluma no conseguiría eliminar a esa mujer, dejó de empujar la pluma, para cerrar el puño sobre su cuello y asfixiar la poca vida que quedaba en ella.
Ahora él estaba lavando sus manos , intentando sacar de su piel la sangre de Isabela, que yacía como una muñeca desvencijada en el suelo del estudio, rodeada de papeles, algún libro, y en la desaforada lucha que precedió a su muerte, también cayeron los bolígrafos de la vieja mesa donde Pelayo construía sus sueños.
Lo que no podía conseguir Pelayo, era desprenderse del olor a lavanda y a limón, así como del brillo verdoso de los ojos de la mujer cuando la vida se salió de ellos.





miércoles, 18 de abril de 2012

Las diferencias entre las preferentes, los desahuciados de hipoteca, YPF y hasta los elefantes de Botsuana.





Ya está el furor patrio elevado a las miasmas de la guerra santa, el gobierno en pleno defendiendo la petrolera española, como un solo hombre, con toda su artillería y su grandilocuencia, ¡a las barricadas! Y ¡vivan las caenas!. ¿Cómo se atreven los argentinos?, ¡por Dios!, a nacionalizar, a expoliar al gigante YPF. A defender como un solo hombre el honor y el dinero de los accionistas de YPF, retiramos embajador, planeamos la guerra santa y todo nuestro apoyo a los sufridos accionistas de REPSOL YPF.
Y una, en su ignorancia se pregunta ¿es que las víctimas de las preferentes no tienen el mismo derecho que los accionistas de la petrolera?, o más, pienso (claro, soy una pobre ignorante que desconozco las sublimes  teorías económicas liberales) porque los señores accionistas saben que toman el petróleo de otro país,  con la plusvalía  especulativa producida hasta ahora, se han enriquecido, cosa muy diferente a los incautos inversores, o hipotecados, que confiaron en sus asesores bancarios, no leyeron la letra ultrapequeña y les han dejado sin sus dineros. Para ellos no hay retirada de embajador, ni furia hispánica, a ellos , como mucho se les aplicará la nueva ley del señor ministro que dice que no se puede uno manifestar, ni sentar en la calle si no se autoriza, así que calladitos, que viene la pasma y los enchirona, o los llama perroflautas.
Los de YPF son diferentes, no me vaya a comparar, que nacionalizar está muy feo, y sobre todo demodé, en estos tiempos, ¡por favor!. Ahora lo que se estila es hacer una ONG para limar lo que se pueda, construirse mansiones en Pedralbes, o hacerse alcalde, o concejal de obras, y arramblar con lo que es de todos, construir aeropuertos, puertos deportivos, carreteras que no van a ningún sitio y embolsarse los dineros de los que no  podemos manifestarnos pero sí pagar impuestos (IBI de mi vida, recetas de pensionistas y siga Ud.). También podemos ladrar un poco, es cierto, pero sin pasarse, no sea que se nos confunda con el chillido de un elefante y venga Don Juan Carlos y nos de un tiro. Luego se disculpa y listo, que se lo pregunten al pobre elefante, a ver que dice, y ya que estamos al de las preferentes

jueves, 29 de marzo de 2012

y ahora dan carnets




Reconozco que cuando pensé escribir este artículo esta misma mañana, lo concebía irónico, sonriente, incluso alegre. Porque la primera intención era referirme al genuino Ministro de Justicia, ahora nombrado, Gran Comendador de Carnets de Mujer, es decir: el señor Gallardón.
Evidentemente hablar de este personaje tiene por fuerza que ser de forma irónica, o risueña, porque da un poquito de vergüenza que en los tiempos que corren, un señor se dedique a meterse en un jardín tan periclitado. Y es que al señor Gallardón le ha dado por sumergirse en lo que él piensa que es discurso feminista, y así le va.
Reconozco que me molesta bastante la incongruencia de estar en misa y repicando, es decir, querer ser progresista y conservador a la vez, querer ser modernillo y oler a sacristía y/o naftalina periclitada. En este caso que nos ocupa, el señor Gallardoncito, quiere estar a tono con las chicas Telva de su partido y con Jimenez Losantos, y así le va al pobre.
Vamos a ver, cuanto menos se supone que un ministro debe conocer la ley, violencia de género, es la que ejerce un hombre sobre una mujer en la pareja o ex pareja. Si no concurren estos supuestos, será violencia domestica, violencia…o lo que sea, pero no de género. Esa es la ley que un ministro debe saber que existe, porque se ha aprobado en el Parlamento español. Y punto. Si desconoce la ley, estudie un poco, y déjese de violencias estructurales.
Porque violencia es la que se ejerce cuando una mujer en su libre elección no desea ser madre,  decide no serlo, y una ley la impide ejercer el soberano derecho a decidir sobre su cuerpo. La encarcela, o la exilia, eso es violencia.Violencia es querer tener un hijo y que no se pueda por problemas estructurales que se pueden arreglar con un poquito de buena intención, pero desde luego no quitando la ley de aborto que tenemos en estos momentos. ¿Alguien puede explicar la relación?.
Violencia es ver una foto con los empresarios importantes del país reunidos con su Majestad…y ninguna mujer, sabiendo como sabemos, que somos más brillantes y mejores estudiantes universitarias. Violencia es leer las palabras que utiliza el señor Strauss –Kahn para referirse a seres humanos femeninos :“Material” , nos llama (político de izquierdas…). Violencia y de la fuerte es la foto de Oksana Makar, muerta, quemada, torturada, por unos violadores a los que la justicia ucraniana ha dejado en libertad.
Violencia es, no tener guarderías, hacer doble jornada, tener que ganar la batalla de la compatibilidad con la pareja para poder vivir. Violencia se ejerce en casas, a puerta cerrada, cada vez que una mujer trabaja fuera y dentro del hogar en horario continuo.
Eso es violencia, y eso impide que deseemos tener hijos, que deseemos criar, y no lo que Ud. apunta. Se me ocurre algo muy sencillo, para erradicar o atenuar esa violencia. Legislar, para que la sociedad ampare a la mujer trabajadora, que se creen guarderías,  que se legisle con sentido común, no que se nos impida decidir sobre nuestro cuerpo, en base a conceptos morales que me parecen perfectos en el ámbito privado, pero no social.
Por último nombrar a un personaje que los amiguitos del Señor Ministro admiran mucho, Margaret Thacher, ¿la recuerdan?, bien, pues esa señora, cuando gobernó su país con mano de hierro, ni se la ocurrió eliminar una ley de aborto que permitía intervenir el embarazo hasta la veinticuatro semana. Como lo oyen, y estoy hablando de los ochenta.
¿Qué diferencia a la derecha inglesa de la española o de la irlandesa?, pues lo mismo, el olor a sacristía, el incienso que desprende la Iglesia Católica a la que tanto preocupa los nasciturus y tan poco los africanos que mueren de SIDA por no tener un preservativo a mano. Esa es la única diferencia que encuentro en la derecha, y por ello me posiciono. Todo lo demás es discutible y opinable, que legislen sobre mi cuerpo y encima me digan que dan carnets de mujer…me congestiona el estomago y hace que un artículo que pretendía ser irónico y divertido, me haya salido agrio, áspero y polémico.
Qué le vamos a hacer y todavía oigo por ahí, que ¿qué queremos las feministas?…y¿ de qué nos quejamos las mujeres…?. Pues ya lo ven, ahora el señor Ministro da los carnets y tan ricamente

lunes, 19 de marzo de 2012

Beatriz y tres días

¿Porqué hemos quedado en  Santander?, no lo sé muy bien, quizá porque los recuerdos de la infancia marcan y en momentos decisivos como éstos se vuelve a ellos. Al principio me pareció buena idea. Una ciudad del norte, burguesa, colorista, con un clima suave, donde las noches enfrían invitando a arroparse bajo las sabanas, y acercarse al calor del cuerpo compartido. Donde el paisaje envuelto en las brumas grisáceas y húmedas enternece el alma, haciendo que afloren sentimientos de dulce melancolía, que impelen al amor como una canción de esas ñoñas que terminan atrapándonos al oírlas para quedarse enmarañadas en la mente durante horas.
Sí, en principio me pareció buena idea, citarnos aquí, rodearnos de toda esta verde vegetación en estos días robados a la vida cotidiana a la que nos debemos y a la que volveremos una vez acabado nuestro tiempo. Pero cuando he llegado y he visto la jarana que hay organizada en estos días preliminares del verano, me he arrepentido firmemente de nuestra cita en la ciudad. No de vernos, no de estar juntos, eso nunca, es una necesidad más que un placer; nuestros cuerpos gritan desesperados la sensación de ausencia en todo este tiempo. No, el problema es la ciudad, que se ha convertido en una bacanal de color, de ruido, de ir y venir de gente por todos los lugares, que ansiamos tranquilos y solitarios. Y nosotros buscábamos justo lo contrario. Un lugar sereno, tranquilo donde estar el uno con el otro, sin interferencias, solo acompañados por la suave belleza de esta tierra tranquila. Tranquila en casi todos los momentos, menos en estos.
Nada  más bajarme del avión me di cuenta del error, ya en el aeropuerto el trasiego de maletas, de gentes diversas de muchas nacionalidades me hicieron comprobar que el mes de Julio no era el más adecuado para una visita romántica a esta pequeña ciudad del Norte. En cuanto llegué al centro fui constatando la problemática de estos días. Restaurantes llenos, calles repletas, gente vociferante con la algarabía que producen las fiestas populares, en los sitios recatados. Se diría que la población de aquí guarda la compostura durante todo el año, para soltarse en un desmelene sin recato en los breves días que el sol y los santos patronos ciudadanos los visitan.
Aquí estoy, sin embargo, paseando mi espera; dejando pasar el tiempo, las horas, hasta que Fernando llegue. No podía quedarme en el hotel esperando, la impaciencia y la sed de piel se me hacían insufrible.  He dejado mi maleta apenas desecha, he colocado con premura  alguna prenda ,  y directamente he salido a las calles para no desesperarme con la impaciencia. A la vez que prefiero deleitarme en estas horas previas al encuentro, rodear de recuerdos y de rincones donde luego llevar la mente, los momentos de espera.
He llegado esta mañana, él tiene previsto venir por la tarde, no a una hora precisa, no hemos concretado, simplemente nos citamos en la ciudad, reservó habitación, y me dijo: “ nos vemos en Santander, tomate tres días, no más, podemos concedernos eso, en toda una vida, simplemente tres días”. Yo pensé que tenía razón, ¿qué son tres días en toda una vida? No mucho tiempo, no pueden suceder muchas cosas en solo tres días.
 Llegará el momento en que estas horas que pasaremos juntos se releguen a un rincón muy oculto de nuestras mentes, donde volveremos para  ver los momentos vividos, cuando la vida se nos ponga muy cuesta arriba. No se olvidará nada, absolutamente nada. Quiero grabar todos los colores, los olores, los impactos de estos días, para almacenar en ese rinconcito de mi memoria lo vivido. Estoy construyendo unos recuerdos de los que alimentaré mi vida futura, incuestionablemente, estoy segura de ello, o quizá no. Es posible que la propia emoción del momento me lleve a magnificar lo que voy a vivir, y luego se convierta en polvorientos  momentos, que apenas se ve de ellos unos rastros deslucidos y etéreos.
 Sea lo que sea, aquí estoy envuelta en la baraúnda de gente que me rodea a estas horas en las que no hago más que divagar por las zonas que Fernando me ha apuntado como más bonitas.
Ha estado acertado en la elección del hotel, pequeño, intimo, silencioso, envuelto en los álamos de su magnífico jardín; resurge el edificio de entre la espesura de los arboles como una casa fantasmagórica, la fachada pintadas de azul, hoy muestran los manchurrones que el paso del tiempo y la lluvia han horadado en esas paredes enjutas. Ventanales blancos, amplios, con las cortinas de bordados voluptuosas cubren de miradas externas el interior de las habitaciones y las zonas comunes. Está apartado pero en la zona costera, a pocos pasos de la playa, de este mar que embravece por momentos el paisaje abrumadoramente bello. Desde la ventana de la habitación se puede oír, cuando el silencio de la calle invade la estancia , el suave bramido de las olas, muriendo en la playa. En cuanto llegué, lo hice, abrí el ventanal de la habitación, inmediatamente me ha inundado el olor salino de este mar desconocido para mí, como un manto de  aroma húmedo y espeso, ha recubierto mi rostro, mis manos, toda yo. Aún llevo los pulmones llenos del aire viciado de Madrid, el contrapunto que ha puesto este aroma en ellos, ha  sido intenso. Como si a un borracho le hacen oler amoniaco…brutal y enriquecedor a la vez.
Intenté leer en la habitación, pero mi mente es incapaz de concentrarse, se me volaban los pensamientos a cada momento y con él iban las palabras que el texto proponía. La voz de Fernando, el olor de la piel de ese hombre, cuando sale del baño, recién afeitado, y se me acerca,  mientras preparo el desayuno para la niña y Andrés, embriagando todos mis sentidos al sentir su presencia en la casa. Andrés se afeita, pero no huele igual, al contrario, me molesta la amalgama de olores que saca del baño, el desodorante, el after shave, el champú…parece más un departamento de perfumería de gran almacén que un hombre. Siempre se lo digo, ¿porqué no usas todo de la misma marca, Andrés, me mareas con esa barahúnda de olores ‘?  En cambio, Fernando , cuando termina su aseo, me inunda a su paso  de un suave aroma masculino que durante todo el día no me abandona, embriaga mis sentidos, y si me roza con la mano deja la huella de su piel de forma indeleble en mi rostro, en mi mejilla, como un tatuaje invisible pero permanente.
Que misterio es el amor, que hace crecer lo más banal, llena el alma de emociones extremas y perfectas que otras cosas similares ni nos inmutan. Nos enmudece los sentidos para lo que no sea la persona amada, distorsiona como un lente descompuesto la realidad vivida, en mil pedazos todos focalizados sobre el  mismo personaje.
He salido hace un rato, con la precaución de coger la chaqueta,  “en este Norte no se puede  ir a la calle sin ella”, fue una recomendación de Fernando, que insistió una y otra vez :”Lleva chaqueta, o jersey Bea, que a ti te gustan mucho los escotes, y allí hace frío de noche, siempre refresca, no lo olvides”. Y aquí estoy, con mi chaquetita, muerta de calor, porque hace un día magnifico, o lo que queda de él. Son las cuatro de la tarde, aún calienta el sol con fuerza, el cielo se muestra azul , con leves oscilaciones de nubes que parecen enormes masas de algodón caminando por ese techo azulado y diáfano.  He caminando por el paseo, al borde del mar, llegando hasta la playa o parte de ella, porque son varias, unidas en marea baja, por el amplio arenal. Cuando sube el agua, las divisiones rocosas delimitan las distintas playas,  todos los tramos tienen nombres distintos. La Primera, la Segunda, la Concha, el Camello, los Bikinis, la Magdalena, ….Forma tonta de complicarse la vida, o al contrario, quizá los nombres hayan sido puestos para orientar a los bañistas debido a la enorme extensión de estas playas ciudadanas. Voy caminando por el paseo, bordeada de flores por un lado, y por el otro la silueta del horizonte donde se unen el cielo y el mar, en un matrimonio de matices infinitos. Las casas que muestran sus almenas orgullosas en un lado del paseo, me indican que la gente que vive en la zona es pudiente, a la vez que tiene un buen gusto exquisito por escoger este paisaje para vivir, aunque sean unos pocos meses al año.
Caminando por aquí, me parece imposible tener que volver a la cotidiana realidad de un Madrid sonoro, contaminado y brusco. Qué lejos me queda el metro, las prisas matinales, la falta de visión de un mundo que existe y no está tan lejos, tan solo a cuatrocientos kilómetros de la vida cotidiana que llevo en esa ciudad del diablo. Desde aquí, paseando por estas calles me parece imposible venir de donde vengo, y lo peor tener que volver, con los ojos impregnados de estos colores y en mi piel el aroma del amor de Fernando.
Contemplo la playa,  la más céntrica, la que llaman Primera, está repleta de gente, bajo toldos o sombrillas, tumbados, mecidos por la suave brisa que atenúa la canícula. Muchos se entregan a un sueño liviano de siesta veraniega, otros juegan con una especie de raquetas de madera, que  llaman palas, dando golpes imponentes con rítmico vaivén, formando más que un juego, un ballet de carreras en pos de una pelota. Entre la gente se ven parejas, que se besan disimuladamente, con cierto recato de ciudad burguesa y almibarada. No se observa la excitante promiscuidad de las playas Mediterráneas, al contrario, aquí se mantienen unas formas sutiles que pueden resultar más erotizantes. O es que quizá yo esté muy predispuesta a convertir cualquier gesto, por sucinto que sea en una muestra de amor o erotismo. La extensión de la playa está mermada por una fuerte marea que hace que la gente se concentre en los metros de arena seca que quedan.  Hay  poco espacio entre las personas que pugnaban por delimitar su sitio frente a la invasión soterrada del vecino. Se ven familias que forman un círculo sobre sí mismas, con las bolsas cerrando el espacio. Sombrillas que evitan el sol a propios y a extraños, gente mayor, gente joven, gordas sin piedad y algunos cuerpos esculturales. Como en toda playa en zona veraniega y vacacional. Pero no era lo esperado por nosotros, más bien deseábamos una paz, un retiro donde solo recibiéramos los estímulos de lo que vamos a vivir por primera y única vez en nuestras vidas. Todo ese mundo que nos circunda, es posible que robe intimidad, o tiempo a nuestros escasos tres días
Porque eso ha sido una promesa no articulada, esto es irrepetible. Lo vivimos, porque necesitamos vivirlo, pero será solo una vez. Unos únicos tres días en toda una vida, la promesa no hecha, el acto no cometido. Para eso necesitábamos una atmosfera especial, que no entorpeciera este navegar entre la pasión, los sentimientos, la culpabilidad y posiblemente la desesperación que nos embargará cuando estemos juntos. La ciudad en fiestas, ha sido algo no esperado ni querido, nos rodea la multitud que con ganas de diversión y sin recato después de la dureza del invierno nos molestará en la vida que queremos vivir en estas horas que nos vamos a dedicar.
No quiero pensar en la vuelta, hoy es viernes aún; hasta el lunes de noche , no pensaré más que en envolverme en el cuerpo de Fernando, sumergirme en sus ojos, no oiré más sonido que el metálico y profundo de su voz. Tendré tiempo de sentirme culpable, de sentirme perdida, o de morirme en la mediocridad de los días sin Fernando; en estas horas que pasaremos juntos no habrá más pensamiento que el gozo supremo de la pasión consumada, viviré cada minuto con la intensidad de saber que es único, irrepetible.

Hay sucesos que nos cambian la vida, solo minutos definitivos que dan un giro en la dirección de nuestra historia, para trasformar nuestros momentos de forma definitiva. Lo curioso es que cuando los vives, cuando estás inmersionado en la cotidianeidad, no sabes, no se tiene idea de que vives algo crucial, que después de esos minutos, ya nada es igual, que se torció la historia de cada uno.
Nuestra vida se desarrollaba dentro de la más absoluta  tranquilidad. Mi matrimonio con Andrés se puede decir que ha sido y es satisfactorio. Como estar en un mullido sofá, sin estridencias, sin incomodidades, así es Andrés. Cómodo, seguro, protector. Puedo decir que le quiero, aún ahora. Sí le quiero, con la suave ternura que dan los años compartidos, las vivencias vividas, los sinsabores  superados en parte debido al carácter pacífico de Andrés. Nada es demasiado grave para él, nada demasiado dramático, todo lo atenúa con una relatividad nacida de la calma, más que del despego. Ha sido un matrimonio fructífero, lo confieso con total sinceridad, no puedo refugiarme en el desatino de una mala experiencia, para justificarme. Andrés desde el principio ha colmado mis expectativas de forma harto satisfactorias. Eso hace que estos días sean más crueles, más descarnados, quisiera por todos los medios encontrar disculpas a esta locura, pero no las tengo. En vano he dado vueltas a nuestra vida en común buscando motivos de desacuerdo o de desamor, no he podido encontrar nada importante,  que pudiera ni de lejos, amparar nuestra traición.
Porque es nuestra, de ambos, Andrés ha sido un marido modélico, pero para Fernando ha sido el padre, el hermano, el amigo que nunca tuvo. Desde el principio he conocido a Andrés unido por lazos invisibles pero profundos a la amistad generosa de Fernando. Protector de sus años de estudios, le adoptó como se acoge a un perrillo abandonado, cuando murió su padre y la madre quedó envuelta en las brumas de una enfermedad mental de la que no ha salido más que en momentos puntuales y siempre  esporádicos . Fernando se quedó solo con dieciséis años; desamparadamente solo, de no haber sido por Andrés y su protección familiar, es posible que el destino de Fernando hubiera sido otro, mucho más desgraciado y triste. De eso somos conscientes cada momento de nuestra pasión.
Desde siempre ha vivido cercano a nosotros, aún en la distancia, la presencia de Fernando se notaba en casa en cada momento. Vivió mi embarazo y el parto de Nuria como si de su propia hija se tratase. En la boda no pudo estar, retrasamos  el evento en dos ocasiones para coincidir con las fechas en las que él podía asistir, pero el Líbano y sus guerras impidieron que firmara como testigo del enlace. Andrés dejó una silla vacía en la mesa presidencial en honor del amigo ausente, y durante toda la fiesta su persona estuvo gravitando sobre nuestra felicidad. Durante años, la presencia furtiva de Fernando se hacía visible en momentos puntuales, entre medias de dos guerras, de algún conflicto lejano, hacía una parada, llenaba nuestra casa de fotografías, faxes, desorden y regalos que como rey mago dejaba a su paso. Nuria aprendió a adorarlo como a un ser superior, soñaba con la llegada del tito Fernando, en algunas ocasiones nos sorprendimos, cuando nos anticipaba la noticia de su llegada debido a un sueño o una premonición infantil. En casa, cuando él estaba por venir sucumbíamos a la emoción y a la curiosidad por conocer las noticias de los últimos avatares de su vida. Andrés le escuchaba con una media sonrisa de satisfacción no exenta de orgullo paternal.  No es que se llevaran muchos años, que va, solo tres, pero Andrés parecía tanto físicamente como de carácter muchos años mayor que Fernando.
Eterno adolescente, Fernando, es un niño que se niega a crecer, en él, los años van dejando conocimiento pero no experiencia, para él todo es nuevo, todo por descubrir, creo que olvida lo vivido para repetirlo. Para no aburrirse vive mil vidas. Deambula por el mundo con la cámara en ristre buscando sensaciones diversas, queriendo ser espectador de sucesos que le hacen revivir cada minuto.  Contador de mil batallas, allá donde se encuentre la aventura, el desastre más cruel, la guerra más cruenta, está él, con su cámara y su bloc.
Peina alguna cana que apenas se nota entre los cabellos rubios de su flequillo rebelde, que una y otra vez expulsa de su cara con gesto maquinal. De un manotazo despeja sus ojos de los cabellos risueños que pugnan por tapar su mirada. La sonrisa presta, en la boca y en los ojos, mantiene aún en el peor momento la ironía reflejada en su mirada y el estupor que le sigue produciendo las pasiones humanas, vividas hasta el límite por él en cada momento.
Contrapuesto en todo a Andrés, como dos caras de una moneda. Se conocieron de niños, en el barrio, creo, de haberlo oído contar, que fue su protector desde entonces, Fernando siempre se metía en líos que como no podía ser de otra manera Andrés deshacía. Tomaron caminos paralelos, en los estudios, uno tras otro. Cuando el desastre familiar, Fernando aún no había comenzado en la Universidad, estuvo a punto de no ir, de ponerse a trabajar de camarero o de algo similar, y comenzar una vida errabunda que Andrés ayudó a centrar.
Le hizo ver que su vida era el periodismo, que su vocación por la escritura y por la aventura desde niño había sido clara, un faro que iluminaba su vida aún en los peores momentos. No le dejó caer en las garras de la tibieza cuando el descalabro familiar le dejaron sin padre, y con una madre en una nebulosa perenne. Andrés tomó el timón y no lo abandonó hasta que supo que su barco estaba llegando a puerto. Comía en la casa familiar de Andrés, se convirtió en un hermano más, un plato en la mesa perennemente, los trabajos de la Universidad eran supervisados y desmenuzados por Andrés  con un seguimiento paciente y constante.
Fernando lo adoraba, esa es una realidad. Es posible que incluso ahora, cuando el incendio de la pasión nos invade, ame mucho más a Andrés que a mí. Es posible que en un desastre, le salvara mil veces a él antes que a mí, eso me consta y a la vez me enorgullece.  Hace más trágica nuestra pasión, mucho más.
Sigue el discurrir de la tarde con el lento decaimiento del sol, que va perdiendo fuerza, se va endulzando a la vez que se para la brisa del nordeste que ligeramente mecía el paisaje. Conforme va cayendo la tarde se va atemperando la temperatura, como si al dejar el sol su cenit todo se apaciguara tenuemente. Las horas van pasando y la incertidumbre de lo que vamos a vivir se hace a veces irrespirable, por eso intento divagar sobre lo vivido, sobre mi vida, la de Fernando y la de Andrés. Unidos los tres por lazos inexpugnables y eternos, que nos atan, que nos unen, hacen que nos amemos por encima de todo, y a la vez son nuestras cadenas.
Recuerdo perfectamente el momento en que comencé a amar a Fernando. No, no es exacto; es posible que le amara desde mucho antes, lo que reconozco en mi recuerdo,  es el momento en que me percaté de lo que sentía, o sentíamos. Tomé conciencia de que un monstruo espeso se apoderaba de mi alma, al principio silenciosamente, luego ya de forma patibularia. Todo se impregnó de Fernando, mi vida comenzó a girar de forma contraria a como lo había hecho hasta entonces, y comenzó el infierno, o más claramente un cielo infernal.
 Una tarde como otra cualquiera, volvía de mi trabajo, cansada, con el agotamiento de estar doblando el meridiano de la semana, recuerdo, era jueves, hacía un calor sofocante, mi cara reflejada en el espejo retrovisor mostraba las huellas del cansancio, mi pelo estaba apergaminado y sin brillo. Andrés llevaba varios días fuera de Madrid, en un congreso, Nuria en la guardería. Fernando llamó de forma intempestiva, como solía hacer.” Bea, estoy en el aeropuerto, llego en dos horas, arreglo unas cosas del periódico y te paso a buscar, para llevarte a un sitio que he descubierto, a cenar”. Al llegar a casa y ver el mensaje, algo hizo que se me volteara el corazón y una aleteo profundo en el estomago me enervara por momentos. Desapareció mi cansancio, como si me hubieran administrado una droga brutal. Me sorprendí a mí misma lavándome el pelo con una prisa rayana en la histeria, a la vez que planchaba mi vestido más sugerente. Mientras maquillaba la profundidad de mis ojos, con el eye liner negro, me preguntaba el porqué de la emoción que me embargaba. Contestaba a mis preguntas con las banalidades lógicas, es el hermano pequeño, el amigo aventurero que siempre desgrana novedades divertidas o dramáticas. Pone la emoción en nuestras grises vidas con el aire de aventura que su llegada nos aporta. Todo eso me contaba mientras intentaba  contactar con una vecina para que se quedase con Nuria esa noche. No quería recurrir a mis padres ni a mis suegros, tampoco sabía muy bien porque. Era una autómata corriendo de un lado a otro de la casa, en pos de unas horas con Fernando.
Cenamos en un bonito restaurante que yo no conocía. Era verano, el calor aplastaba los cuerpos a la vez que del asfalto ascendían llamaradas de fuego que se internaban dentro de la piel. La noche aligeraba un poco el aliento febril del día. Nos pusieron en la terraza, eran pocas mesas, lo recuerdo ahora mismo con la viveza del momento. Es curioso como hay recuerdos que se nos graban a fuego, mientras otros no menos importantes desaparecen en la memoria barridos por el tiempo.
Una tenues velas encerradas en unos jarrones cilíndricos, daban ambiente irreal a la terracita, en la zona de los Austrias, uno de esos rincones de Madrid, por donde pasas, posiblemente durante muchas veces en la vida y apenas reparas, hasta que se descubre la poesía del rincón o del momento.
No puedo recordar lo que tomamos, la cena fue ligera , comí, sin darme cuenta de lo que ingería , solo recuerdo el titilar de las velas, la voz de Fernando refiriendo la enésima guerra en la que participaba, las injusticias y la impotencia que le embargaba desde el objetivo de su cámara. Veía el mundo desde el  pequeño agujerito que le proporcionaba la distancia precisa para no salpicarse de sangre, pero no para que no se tornara oscura el alma ante el dolor ajeno. Sus ojos se velaban por momentos, el gris verdoso se hacía nube de tormenta, cuando contaba los sucesos vividos, como si fuera un forense diseccionando cuerpos. Muy adentro de su alma, le comenzaba a pesar lo vivido, lo visto, por mucha distancia que pusiera con su cámara.
Recuerdo el sonido metálico de su voz, la palpitación de su rostro bajo la luz de la vela, el suave chasquido de unas hojas barridas por un viento que se levantó cuando íbamos por los postres y que el mundo desapareció bajo mis pies al poco de comenzar la cena. Se evaporó la terraza entera, Madrid se fue al carajo, y ni Andrés ni tan siquiera Nuria ,  existían para mí en aquellos momentos . Solo Fernando, su voz, el suave aroma de su rostro recién afeitado y el brillo de acero pulido de sus ojos. Ahí descubrimos ambos que no estábamos unidos por los lazos fraternos que decíamos tener sino por otros mucho más profundos y complicados de vivir.
Chocamos nuestras manos, nos buscamos por debajo de la mesa, sorprendidos por el tacto de nuestra piel, el suyo rugoso, áspero, cálido; el mío deseoso y hambriento. Acabamos de cenar cuando ya no quedaba nadie en la terraza y dos camareros nos miraban descaradamente desde la puerta del restaurante. Pagamos, avergonzados de nuestra ausencia, y emprendimos la marcha entrelazados como un solo cuerpo, unidos, pegados el uno al otro, por el empedrado de las calles del viejo Madrid, empujábamos nuestro miedo y nuestro deseo, nos sumergimos en la noche oyendo el rumor de nuestra respiración y el sonido de nuestros pasos sobre  las piedras centenarias de las calles.
Llegamos a casa, asustados, temerosos de nuestra soledad. En el ascensor, él ronco, casi sin voz, me susurró:”No puedo más, tiene que ser esta noche, Beatriz, no puedo callar más”. Mientras nos arrojábamos el uno en brazos del otro, con hambre de piel, de besos, mientras nuestras lenguas se buscaban en la profundidad de la boca del otro.
No dormimos apenas unos minutos, esa noche eterna. Nos acostamos en la habitación que él ocupaba, la de invitados, más incomoda que la mía, pero a ambos nos hubiera parecido un pecado tremendo estar en mi lecho matrimonial. De alguna manera, posiblemente hipócrita, salvaguardábamos a los demás de la traición al estar en terreno neutral.
Apenas dormimos, embebidos en nuestros cuerpos como estuvimos toda la noche, al amanecer, ahítos de amarnos, exhaustos y sudorosos caímos en un sopor alucinado que nos mantuvo en duermevela hasta que Nuria nos reclamó el desayuno, de la mano de la vecina.


Borramos aquella noche de nuestra vida, y quisimos borrarla de nuestra mente, durante meses nada supe de él. Apenas se comunicaba con Andrés; había partido para Sudamérica, y era fácil evitarnos sus noticias. Yo seguía con su piel grabada en la mía, su olor en mi pituitaria, y el sabor de sus besos en mi boca. Quise borrar todo vestigio de lo ocurrido, ni me atrevía a pensar en ello, pero las huellas estaban ahí, grabadas como una marca de fuego.
A su vuelta, habían pasado nueve meses, apenas nos miramos. No se quedó en casa, vino a cenar con vino, como un invitado,  nos dijo que había conocido a alguien, que era posible que estuviera enamorado, Andrés lo celebró con entusiasmo y yo, tuve que ir al baño a tragarme unas lágrimas  que abrasando mis ojos  pugnaban por salir.
Un tiempo después nos presentó a su novia, o lo que él llamaba su compañera. Bonita, fresca, alegre, le quería y le admiraba a partes iguales, se la veía feliz y confiada. Andrés la adoptó enseguida, y se sorprendió mucho cuando vio mi falta total de entusiasmo por la buena nueva. Le alegraba mucho que Fernando se enamorara, había perdido la esperanza de casarlo, decía entre risas, tenía el temor de que se convirtiera en el tío solterón de Nurita. Yo no podía sentir entusiasmo, ni rencor, entendía que era una huida dolorida hacía un futuro menos incierto que el que podía depararnos de haber seguido con nuestra aventura.
Poco tiempo después de forma intempestiva, tal como comenzó, nos anunció su ruptura. Cuando nos lo comunicó, sus ojos enrojecidos y nublados hablaban de su rabia. Andrés pensó que era el dolor de la perdida, yo sabía que era la decepción de no haber obtenido el olvido. Y me alegré; esa noche, estuve radiante, feliz, dentro de mi inconsciencia, buscando sus ojos con los míos, leyendo en su dolor mi felicidad.
Nos evitamos durante meses, él marchó de nuevo precipitadamente, casi sin despedirse. Cuando  volvió, no quiso quedarse en casa, Andrés se desesperaba llamándolo con la impaciencia que da el no saber que pasa y sufrir el distanciamiento, hasta que hace dos meses, claudicó. Nos llamó, dijo que volvía, que preparásemos la habitación, si aún era bien recibido, Andrés estaba gozoso, yo muerta de miedo y de expectación. Toda mi piel se erizaba al saberlo cercano, intuía  su retorno a mi cuerpo a la vez que a nuestra vida.
Y aquí estoy esperando su llegada a esta ciudad, que ha sido la intermediaria de lo que acontecerá en breve. El adora el norte, veraneaba aquí de pequeño, guarda recuerdos imborrablemente felices de una infancia sin problemas cuando el mundo era sencillo, se reducía a tardes de playa, recoger cangrejos, sacar grillos de sus agujeros, para alimentarlos con lechuga y vino, a fin de que cantaran sin cesar en las jaulitas donde los encerraban con la inocente crueldad de la infancia.
Aquí labraremos nuestro destino, en tres días, en tres noches. Únicas, en toda una vida. Al acabar estos días es posible que labremos una tristeza que nos acompañará el resto de nuestra vida.